El gran colombiano es usted!

(Antes de leer debo hacer una aclaración… este blog no es de derecha ni de izquierda, lo que acá se escribe representa la visión de una persona que quiere ir hacia adelante. Gracias por su respeto).

El nombramiento de Alvaro Uribe como El Gran Colombiano de History Channel me provocó el deseo ferviente de escribir estas líneas, que no están cargadas ni de indignación, ni de alegría por la votación de los colombianos que eligieron al polémico expresidente como el compatriota más ilustre de la historia.

Estas líneas están llenas de reflexión y de un sentido de conciencia, que espero pueda transmitirles algo a ustedes. No me equivoco en afirmar que la gran mayoría de colombianos amamos nuestro país y cuando viajamos, le gritamos a mundo con orgullo de donde venimos, queremos enseñarle a los demás a bailar salsa y cumbia; les contamos sobre la arepa, el bocadillo, las hormigas culonas, el ajiaco, la bandeja paisa; sobre cómo se celebra la navidad en Colombia…tanto así, que dejamos a los extranjeros antojados de venir a visitarnos.

Siempre nos admiramos de la belleza de nuestros paisajes y sobre todo de la riqueza y variedad de nuestros recursos naturales. Por más bello que sea mi Colombia, para un colombiano no es fácil vivir allí. Se necesita berraquera para salir adelante, creatividad, paciencia y buen sentido del humor.

En Colombia el día comienza desde muy temprano, siempre me sorprende ver a los niños perfectamente bañados y peinados esperando el bus para ir al colegio, incluso antes de que salga el sol. Desde temprano estamos corriendo. Muchos, la mayoría de nosotros por lo menos, cumplimos jornadas laborales extenuantes, perdemos tiempo valioso entre trancones y filas del banco. Y cuando llega el fin de mes o la quincena, a veces nos pagan y a veces no… y cuando nos pagan, el dinero se va casi al mismo tiempo de recibirlo porque las deudas y las cuentas no dan espera. Muchos hemos comido durante días por obra y gracia del Espíritu Santo y del tendero del barrio que siempre nos fia. Y ni hablar del arriendo, ese se come todo el sueldo, porque cada vez es más dificil tener casa propia.

Para ir a la universidad en Colombia, hay que endeudarse, sacar un crédito en el icetex o ser de una familia acomodada, de las que lastimosamente quedan pocas. Después de que uno sale de la universidad y debe enfrentarse a la deuda, el reto ahora es conseguir trabajo, que casi nunca dan porque como uno no tiene experiencia laboral, no consigue trabajo, pero, si nadie le da a uno trabajo, tampoco va a tener experiencia laboral. (Como anécdota les cuento que trabajé gratis casi un año para conseguir la famosa experiencia laboral).

Hay personas que se ven obligadas a dejar el país para trabajar de lo que sea, de mesero, limpiando casas, cuidando niños y se someten a la soledad, a enfrentarse a culturas muy diferentes para ayudar económicamente a su familia, para que los que se quedaron puedan vivir dignamente.

Ahora, si usted se enferma, prepárece para esperar sentado porque la atención se demora mucho y si es grave, solo le queda orar para que el tratamiento le sea administrado cuando lo necesita y no meses o años después… como muchas veces pasa.

Los colombianos trabajamos duro, luchamos día a día contra toda adversidad, hemos aguantado por décadas gobiernos corruptos, sobrevivimos a la violencia, la injusticia, la falta de protección social y aún así somos un pueblo feliz y orgulloso y aunque a veces nos gane la desconfianza y el miedo, también somos solidarios.

Cuando me enteré del concurso del Gran Colombiano, reaccioné con rabia al ver algunos de los nominados y con tristeza al conocer al ganador. Para mí el Gran Colombiano es usted, es mi mamá que es madre soltera y me sacó adelante contra viento y marea, son mis amigos trabajadores, el señor del bus, el tendero que no nos deja morir de hambre… todos nosotros que logramos sobrevivir en un país con una amplía desigualdad social.

Ahora que estoy lejos de casa, pienso mucho cómo un país tan rico y tan luchador puede estar lleno de gente pobre. Lo único que se me ocurre es que a pesar de nuestra grandeza, seguimos  adorando ídolos con pies de barro y exaltando personajes que no nos representan en lo absoluto porque no tienen idea, cómo sí la tenemos nosotros, lo que es salir adelante en las condiciones que nos ofrece nuestro sistema social.

No me imagino a esos ídolos usando el Transmilenio, ni almorzando corrientazo, o como muchos niños en el campo, caminando varias horas al día para poder ir a clase… no me los imagino llevando el estilo de vida de un colombiano promedio, dependiendo de un salario mínimo, o como dijo el ganador del concurso de History Channel, “viviendo” con $5 mil pesos al día.

Podría mencionar tantos personajes que hacen con esfuerzo este país… Entonces, bajo ese orden de ideas, no le parece que los grandes colombianos somos todos nosotros? al menos somos sobrevientes, el problema es que con nuestro silencio y alcahuetería, nos estemos convirtiendo en cómplices de tanta injusticia.

La Duda

Como un dardo, la duda se clavó en su corazón, la fiebre causada por la herida lo llevó hasta el delirio. Perdido entre alucinaciones, el veneno se fue esparciendo por todo el torrente sanguíneo y pronto llegó al cerebro, para hacerle perder la voluntad. Él se entregó como un niño, ignorante e ingenuo a lo que acontecía.

Era joven e inexperto. No había vivido lo suficiente para saber que cuando la duda ataca hay que taparse los oídos, cerrar los ojos y cubrirse el pecho, de lo contrario la víctima se intoxica con acertijos hasta perder la cordura. Al principio el desdichado es abatido con insomnio, los pensamientos van y vienen sin descanso, disfrazados de posibilidades  al azar, así durante horas, que se confunden con eternidades.

Cuando el enfermo llega a ese punto, el dolor contrae el tórax, dificultando la respiración. Ya era tarde para él… dejó que las probabilidades se acomodaran en su cabeza, se alimentaran y echaran raíces. Buscó calmar los nervios con licor y tabaco, pero eso solo empeoró el malestar. Ahora flotaba a la deriva.

Le suplicó una tregua, aunque fuera por poco tiempo, pero la duda es terca y no se conmueve facilmente, no da su brazo a torcer. Entonces el joven comprendió que ese dardo había sido letal y de nada serviría seguir luchando, ella por venganza, o quizás sin querer lo había herido a muerte. Con sus palabras sembró muy profundo la incertidumbre de lo que pudo ser entre ambos y esa sensación de “lo que hubiera sido” no lo abandonaría jamás.

Lo que a un forastero le gusta de Pereira!

Por estos días la revista Semana está preguntándole a la gente qué le gusta de Pereira. Las respuestas no se han hecho esperar, la mayoría de comentarios que he leído vienen de parte de pereiranos, lo cual encuentro un poco inútil si se trata de evaluar con ojos críticos la imagen que tiene la ciudad en el resto del país y de pronto reflexionar sobre lo que se debe cambiar y sentirse orgulloso de lo que se tiene. Yo, que soy ^rola^, voy a contarles con visión de forastera, cómo me fue.

Desde que llegué, me sorprendí. En el centro del país cuando se habla de Pereira, se habla mal, sobre todo de parte de aquellos que nunca han visitado la ciudad. La fama de ser sucia, llena de ladrones, indigentes y mujeres de vida fácil, no la hace un destino muy atractivo.

Para mi familia dejar un empleo estable e irme a vivir a Pereira, la ciudad con el índice de desocupación más alto en toda Colombia, (lo que es mucho decir) era una completa locura.

Luego de comentar mis planes en mi antiguo trabajo, una colega que había pasado por allá en su época universitaria contó cómo los habitantes de calle se amontonan en las ventanas de los restaurantes de Pereira para pedir a gritos comida. Tras este incidente, su visita no duró más que 30 minutos, el tiempo necesario para tomar la ruta hasta Armenia. Esas anécdotas me llenaron de dudas, pero continué con mi viaje, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Aquí comienza mi relato.

Las mejores arepas que he comido, me las comí en Pereira y lo mejor de ser cliente es sentarse a conversar con esas mujeres que están allí en cada esquina vendiendo este delicioso manjar para sobrevivir. Muchas me contaron cómo a punta de arepas habían sacado adelante a sus hijos, porque en Pereira como en casi toda Colombia hay muchísimas madres solteras.

En Pereira volví a tomar café, después de haber renunciado a la cafeína por varios años descubrí que no en vano Pereira es el corazón del Eje Cafetero y si Colombia exporta el mejor café del mundo, es allí en Pereira y sus alrededores donde se siembra.

Las mujeres de Pereira tienen una belleza única, no son tan elegantes como las rolas, ni tan exuberantes como las paisas, no son como las flores, como las caleñas, ni tan sensuales como las mujeres de la costa, son todo eso junto. Y lo más sorprendente es que no son sordas!, ellas escuchan y lo hacen muy bien. Las pereiranas son damas, son madres, hijas, compañeras, son mujeres pujantes que tienen que vivir con un estigma que se extendió, creo yo, debido al machismo que reina en esa tierra.

De Pereira me encanta el amanecer, su clima primaveral… y como buena rola, me gusta que llueva por las noches. De Pereira me gustó que el excesivo costo del pasaje en transporte público me haya obligado a comprar una moto, mi primer vehículo de dos ruedas!, en Bogotá hubiera sido impensable.

Como no como carne, me encantó tener cinco opciones diferentes de restaurantes vegetarianos a pocas cuadras a la redonda de mi trabajo. Eso no lo he conseguido ni en las grandes ciudades de Brasil. La gente de Pereira ama la naturaleza y a los animales, aunque sus representantes políticos no.

Me gusta que en cada esquina se puede comprar fruta y es muy fácil comprar jugo de caña. Me gusta viajar hacia cerritos y sentir el aroma de la piña. Allá, en Pereira aprendí a comer piña, debe ser la mejor piña del mundo.

Cuando estoy en Pereira adoro buscar el Nevado del Ruiz en el horizonte de un día despejado y respirar el aire puro que dejan los cafetales que circundan la ciudad. Me encantaba ver las luces del parque El Lago de noche, los mangos de la Plaza de Bolívar, donde por primera vez vi al libertador desnudo, una osadía para un pueblo de costumbres conservadoras y ultra religiosas.

Me divierte la politiquería y la chismología que se vive en Pereira. Lo atribuyo a que es una ciudad chica que tiene comodidades pero no ha dejado su alma de pueblo y eso me encanta, lo mejor del campo y la ciudad al alcance de todos. Además, en Pereira viajé en willys, esos carritos llenos de verduras que sólo veía en televisión cuando vivía en Bogotá.

De la gente ni hablar, me gusta el hombre que grita el último jueves de cada mes durante el concierto de la banda sinfónica de la ciudad, que él ama la música clásica. Me gusta el tipo que se disfraza de una mujer negra en todas las fiestas y eventos públicos, me gustan los locos de Pereira, que no son pocos.

De Pereira me gusta su producción cultural, adoro escuchar la emisora Remigio Antonio Cañarte, no me equivoco en decir que es una de las mejores del país, me gustó La Cuadra, el Festival alternativo de Teatro, el Festival de Poesía Luna de Locos y los viernes de teatro en el Santiago Londoño.

Poco tiempo me bastó para comprender por qué Pereira tiene tan mala fama. Si todos los colombianos supieran lo amañadora que es la ciudad, nadie dudaría en irse a vivir allá y no hay cama para tanta gente. Pocos somos los afortunados.

Las ventajas del desempleo.

He llegado a pensar que para quien no tiene hijos, pero sí un espíritu inquieto estar desempleado tiene su magia, al menos para quien odiaba su trabajo y un día decidió renunciar. No es que no sienta solidaridad con aquellos cerebros brillantes que no consiguen ingresar al mundo laboral por falta de palancas, tengo muchos amigos cercanos que engrosan esa fila.

En lo que a mí concierne y a pesar de haber dedicado cinco años cursando una carrera universitaria, invirtiendo todo el dinero de mi familia y haber llegado hasta trabajar gratis para conseguir la famosa experiencia laboral que me acercaría al empleo de mis sueños, debo reconocer que uno de los días más felices de mi vida fue cuando tuve el coraje de enfrentarme a ese jefe explotador y tomar las riendas de mi destino.

Si un desempleado logra sobrepasar el miedo a caer en la extrema pobreza y comienza a tomar conciencia de la libertad que adquirió, su nueva condición social podría llevarlo a la cima de nuevo, a alcanzar la tan esquiva felicidad.

Preguntarse si lo que usted hace cada día tiene sentido es el comienzo de una revolución interna que podría poner fin a una existencia miserable. Convertirse en parte del paisaje que solo se puede observar por una ventana mientras se es empleado, es sin duda una experiencia reconfortante, al menos así ha sido para mí.

Admito que no poseo tantos bienes materiales como mis amigos empleados, quienes trabajan duro para pagar la cuota del carro, el apartamento, la tarjeta de crédito y el resto de obligaciones económicas, que son el motor del capitalismo. Muchos de ellos no llegan a disfrutar de sus compras, regresan tarde a casa y despiertan muy temprano. En esa rutina no hay tiempo para nada.

Yo, que siempre trabajé los fines de semana, me reconcilié con los lunes. Adoro un domingo en la noche sin ver con depresión que mi único día de descanso terminó más pronto de lo que esperaba.

El tiempo libre sirve para redireccionar la vida, para fortalecer los lazos emocionales con nuestros seres queridos, para ejercitarse y tirar fuera el estrés y las preocupaciones de una carga laboral excesiva. Si usted es colombiano probablemente tardará muchos meses en conseguir otro empleo, mientras tanto podría poner en práctica su creatividad, tal vez allí esté la salida a sus problemas financieros o simplemente otórguese a sí mismo unos días de tranquilidad, antes de regresar a ese triatlón de entrevistas de trabajo donde tendrá que competir con otros miles como usted.

Tarde o temprano, espero que más temprano que tarde, se dará cuenta que desperdició su juventud pagando cuotas de objetos que no podrá llevarse a la otra vida, si es que cree que existe algo más allá de la muerte, si no es así, mucho peor, porque desperdició su única vida siendo el esclavo de otro que se divierte y viaja con los frutos de su trabajo.

En mi caso no suelo coleccionar objetos, otra revelación que llegó a mí gracias al desempleo fue la necesidad de adquirir experiencias por lo que decidí tomar el dinero de la liquidación, (no crea que era mucho, ganaba un poco más del salario mínimo) y con pocos pesos me embarqué en un viaje por Suramérica.

Aquí he trabajado lo suficiente para sobrevivir y seguir viajando, me parece un sueño regresar a casa aún con la luz del día y tener tiempo para ir a la playa después. Me atemoriza la idea de regresar a un cubículo de un metro y trabajar como loca para llegar al fin del mes sin un centavo en el bolsillo.

Ahora mismo estoy felizmente desempleada planeando el próximo paso que daré, pero yo y solo yo voy a decidir eso. Y como soy periodista y amo escribir seguiré haciéndolo sin pensar en la pauta y en la censura.

Este era mi antiguo escritorio... para que se hagan una idea.

Este era mi antiguo escritorio… para que se hagan una idea.